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Reducción del desperdicio de alimentos: un paso crucial hacia la transformación del sistema agroalimentario

Sep. 26 2024

Mientras el mundo celebra el cuarto Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, la urgencia de abordar el desperdicio de alimentos nunca ha sido más apremiante.

Con más de mil millones de toneladas de alimentos desechados anualmente, lo que representa casi el 20% de todos los alimentos producidos para los consumidores.[1]Las consecuencias ambientales, sociales y económicas del desperdicio de alimentos son de gran alcance. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que hasta el 40% de la producción de alimentos se pierde antes de llegar a los consumidores debido a un almacenamiento y transporte inadecuados, lo que plantea un claro llamado a la acción no solo por parte de los consumidores, sino también de la industria.[2].

Este desperdicio genera pérdidas económicas importantes, pero también agrava el hambre mundial y la degradación ambiental. En un momento en que más de 780 millones de personas padecen hambre[3]Abordar el desperdicio de alimentos se ha convertido en una prioridad fundamental para lograr la sostenibilidad.

DAÑOS AMBIENTALES Y DESIGUALDAD SOCIAL, EL COSTO OCULTO DEL DESPERDICIO DE ALIMENTOS

La pérdida y el desperdicio de alimentos son una de las principales causas de las emisiones de gases de efecto invernadero y son responsables de aproximadamente el 8-10% de las emisiones mundiales.[4]Sólo en Europa, el desperdicio de alimentos representa aproximadamente el 16% de las emisiones del sistema alimentario.[5]El despilfarro de recursos (tierra, agua y energía) intensifica el impacto ambiental y contribuye aún más a la deforestación, la pérdida de biodiversidad y la escasez de agua.
 

Más allá del costo ambiental, las implicaciones sociales son igualmente preocupantes. Los alimentos desperdiciados podrían haber alimentado a millones de personas, aliviando así el hambre que padece una parte importante de la población mundial. Estas consecuencias dobles subrayan la necesidad apremiante de un cambio.

Las ramificaciones económicas son igualmente asombrosas. A nivel mundial, el desperdicio de alimentos cuesta aproximadamente un billón de dólares cada año.[6], lo que afecta tanto a las empresas como a los consumidores. Para la industria alimentaria, esta ineficiencia se traduce en pérdida de ingresos y aumento de los costes. Los fabricantes de alimentos, los minoristas y los restaurantes son todos ellos los que soportan la carga de este desperdicio, ya sea por el descarte de inventarios o por el aumento de las tasas de eliminación. Para hacer frente a estos desafíos, es fundamental que tanto las empresas como los gobiernos adopten soluciones que promuevan el consumo sostenible.

PANORAMA REGULATORIO: LA RESPUESTA GLOBAL Y LOCAL AL DESPERDICIO DE ALIMENTOS

Los gobiernos de todo el mundo están intensificando sus esfuerzos para combatir el desperdicio de alimentos mediante regulaciones y otras iniciativas. A nivel internacional, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas abordan el tema a través del Objetivo 12, “Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles”. La tercera meta de los ODS exige una reducción del 50% del desperdicio mundial de alimentos para 2030.[7]Varias regiones están dando pasos adelante para alcanzar esta meta. La Unión Europea, por ejemplo, ha alineado sus objetivos con el ODS 12.3 y, en el marco de su Pacto Verde, ha establecido metas de reducción del desperdicio de alimentos del 30 % en los comercios minoristas y en los hogares para 2030.[8]Además, en marzo de 2024, el Parlamento Europeo votó a favor de recortes del 20% en el procesamiento de alimentos y del 40% para los minoristas.

Francia, conocida por su actitud proactiva, ha implementado la Ley Anti-Gaspillage (Ley Anti-Desperdicio), que establece una reducción del 50% del desperdicio de alimentos para 2025 en sectores como la distribución de alimentos y la restauración colectiva, con objetivos similares establecidos para 2030 en el consumo, la producción, el procesamiento y la restauración comercial. La etiqueta francesa Anti-Gaspillage, introducida para certificar a las empresas que cumplen estos objetivos, sirve como ejemplo de cómo la certificación puede incentivar a las empresas a tomar medidas.

En Asia, Corea del Sur cuenta con uno de los sistemas de gestión de residuos alimentarios más eficientes del mundo, ya que recicla más del 98% de sus residuos alimentarios, mientras que Japón ha implementado leyes de reducción del desperdicio alimentario desde 2001. Más recientemente, China promulgó su Ley contra el Desperdicio de Alimentos en 2021, que introduce medidas estrictas como multas para las empresas que promuevan el consumo excesivo, restricciones a los pedidos excesivos de comida en los restaurantes y sanciones para el contenido de los medios de comunicación que fomente el desperdicio. Las campañas públicas para crear conciencia sobre la conservación de los alimentos también forman parte de la iniciativa. 

En América del Norte, Estados Unidos aborda el desperdicio de alimentos con regulaciones a nivel estatal, lideradas por California y Nueva York. Canadá, México y Estados Unidos también colaboran en el marco de la Comisión para la Cooperación Ambiental (CCA) para reducir la pérdida de alimentos en toda la región.

¿QUÉ MARCO DEBEN ADOPTAR LAS ORGANIZACIONES PARA ABORDAR EL DESPERDICIO DE ALIMENTOS?

Ante unas normas cada vez más estrictas y unas expectativas cada vez mayores de los consumidores en materia de sostenibilidad, las organizaciones se ven obligadas a adoptar un enfoque estructurado para reducir el desperdicio de alimentos. El primer paso que debe dar cualquier entidad es formular una estrategia integral que tenga en cuenta sus procesos operativos específicos, la demografía de sus clientes y las partes interesadas más amplias afectadas por el desperdicio de alimentos. El establecimiento de objetivos realistas es fundamental, y los marcos reconocidos por la industria, como el Protocolo sobre pérdida y desperdicio de alimentos o la Guía de la FFSC, resultan inestimables para ayudar a las organizaciones que desean establecer objetivos mensurables y supervisar los avances de manera eficaz.

Laure-Anne Mathieu, directora de auditoría alimentaria global de Bureau Veritas, explica: "Una vez establecidos estos objetivos, el mayor desafío consiste en seleccionar las herramientas adecuadas para cuantificar el desperdicio de alimentos. Este proceso es crucial para desarrollar una base de referencia fiable, ya sea empleando metodologías de balance de masas o análisis de datos indirectos".

También es imprescindible que las organizaciones den prioridad a la formación del personal e incorporen la reducción del desperdicio de alimentos entre sus valores fundamentales. Los programas de formación integrales permiten a los empleados comprender su papel en el ciclo de reducción de desperdicios, ya sea mediante prácticas de compra mejoradas, la optimización de los procesos de producción o la alineación de las previsiones de ventas con la demanda para mitigar el exceso de existencias. "Un sistema de gestión coherente no solo genera una reducción de costes, sino que también mitiga los riesgos y mejora la eficiencia operativa", subraya el experto.

Otra clave para el éxito es contar con sistemas que garanticen la precisión en la medición y la presentación de informes sobre los avances. Si bien no siempre es obligatorio, es muy recomendable contar con un programa de garantía o certificación. Esto brinda fiabilidad en la divulgación de datos y garantiza que las partes interesadas puedan confiar en los resultados, ya que expertos independientes verifican la precisión.

Otro factor crítico para el éxito es la implementación de sistemas sólidos que aseguren la precisión en la medición y la presentación de informes sobre los avances. Si bien no siempre es obligatorio, es sumamente recomendable adoptar un programa de seguros o certificación. Estos programas brindan fiabilidad en la divulgación de datos e infunden confianza a las partes interesadas respecto de la veracidad de los resultados, y expertos independientes realizan procesos de verificación rigurosos.

 

La certificación de un sistema de gestión de residuos alimentarios (FWMS) ofrece un marco integral que ayuda a las organizaciones a implementar los procesos adecuados para cuantificar, gestionar y reducir el desperdicio de alimentos en todas sus operaciones. No se trata solo de cumplir con las regulaciones, sino de integrar la sostenibilidad en la esencia misma de una empresa.

Uno de los principales beneficios de la certificación es la capacidad de medir con precisión el desperdicio de alimentos. Como dice el refrán, “no se puede gestionar lo que no se puede medir”. Un sistema de certificación de desperdicio de alimentos requiere que las empresas cuantifiquen sus desperdicios en cada etapa de su cadena de suministro, identifiquen las ineficiencias clave y establezcan objetivos claros de reducción. A través de este proceso, las organizaciones pueden realizar un seguimiento del progreso en tiempo real y realizar ajustes basados ​​en datos según sea necesario, lo que garantiza que están en el camino correcto hacia reducciones significativas y mensurables.

Bureau Veritas ofrece un apoyo inigualable a las organizaciones durante todo este proceso, proporcionándoles un conjunto completo de servicios de certificación, auditoría y formación. Estos servicios están diseñados para ayudar a las empresas a implementar y mantener estrategias sólidas de reducción de residuos. Mediante la provisión de soluciones a medida diseñadas para cumplir con los requisitos normativos locales e internacionales, Bureau Veritas garantiza que las empresas no solo logren cumplir con los estándares legales, sino que también cultiven la confianza de su clientela mediante la adopción de prácticas sostenibles. Aprovechando más de 190 años de experiencia, la empresa permite a las empresas alimentarias reducir los residuos y mejorar la eficiencia operativa, demostrando así que la sostenibilidad puede ser un factor de rentabilidad.